Este cuento hace parte de la antología “Bogotá Cuenta, Decir los días”, publicada por el IDARTES en 2020 y que se puede descargar aquí
“La espada del destino tiene dos filos…y uno eres tú”— Andrzej Sapkowski
La muerte despuntó el alba y la desesperanza marcaba el ritmo. Los cientos de pies descalzos que marchaban al unísono producían una hipnótica sensación sonora entre quienes se dirigían en dos filas hacia los camiones alemanes que les esperaban. Mientras la operación se llevaba a cabo un cuervo sobrevolaba en amplios círculos aquel lugar hasta que después de algunos minutos se posó en lo alto de una chimenea cercana. A ojos del animal la escena era una especie de ceremonia. Parecía uno más de los tantos rituales tan característicos de aquellos seres bípedos.
Sin embargo, a ojos del pequeño Jozef había algo allí que no era normal. Oculto tras una pequeña rendija a nivel del suelo desde la cual se podía ver todo el operativo, el niño saltó emocionado desde su puesto de observación y corrió hasta la otra esquina del sótano. Allí un grupo de hombres reunidos alrededor del fogón debatían en voz baja.
—¡Maestro Goldzsmit! ¡Venga rápido! ¡Algo extraño ocurre en la calle! —gritó Jozef al tiempo que halaba del abrigo de uno de los hombres, el más anciano de ellos.
—¡Ssshhh! ¡Que no alces la voz niño! —le regañó el hombre—¡No ves que estamos en medio de una discusión de adultos!
—¡Goldzsmit, deja de parlotear con ese mocoso! ¿Que no ves que estamos en una situación crítica? —dijo otro de los hombres—. Ocho balas de revólver, eso es todo lo que tenemos de municiones.
—Es que acabo de ver algo impresionante mientras los alemanes llenaban los camiones con más de nuestra gente en la esquina de la calle Wronia —dijo entre jadeos el niño—. ¡Estoy seguro de que se trata de magia!
—¿Magia? ¿Camiones? ¿Pero de qué estás hablando, criatura? —le espetó el señor Goldzsmit—. Vamos, muéstrame eso. El anciano se acercó a la rendija que daba a la calle y luego de ver lo que pasaba se dirigió a uno de los hombres.
—¡Korczak! ¡Rápido! ¡Diríjase cuanto antes al escondite del suroeste y avise que las deportaciones se han reactivado! Un gran revuelo se creó al interior del escondite, mas sin embargo era un revuelo en voz baja.
—¿Maestro, maestro, no nota usted algo extraño? Mire allí justo donde están subiendo a la gente, ¡Es mágico! —le indicó el niño.
—¡Cómo vas a hablar de magia en estos momentos Jozef! —volvió a regañarle el viejo, mientras entrecerraba los ojos para ver mejor lo que pasaba.
—¡Pero la magia existe! ¡Yo puedo ver la magia! Allí está. —Le señaló Jozef con un dedo en dirección a la calle.
—¿Qué? ¿Qué ves? Yo solo veo a bárbaros llevando a cabo una limpieza étnica.
—¡No! ¡Eso no! —le gritó— ¡Yo me refiero al cuervo encima de la chimenea! ¿Que acaso no lo ve? —El anciano se esforzó nuevamente y en efecto logró ver a un cuervo posado sobre una casa en ruinas.
—Solo es un pájaro, ¿y qué con eso?
Extrañado, el niño le gritó a la cara: ¡Pues que es rojo! ¡El cuervo es rojo! ¡Y los cuervos rojos no existen! ¡Es un cuervo mágico! Dudando de sus propios sentidos, el anciano volvió a mirar, pero ante sus ojos el cuervo seguía siendo tan negro como lo han sido siempre los de su especie.
Alejándose de la rendija y con una profunda mirada de tristeza el anciano analizó al niño de arriba a abajo.
—Ya es tarde, ve por tu ración antes de que se acaben —le indicó su maestro.
Con la cabeza baja y resignado porque una vez más había sido ignorado, el niño se alejó en dirección al fogón. Un adulto le había dado una orden y era su deber cumplirla. El viejo le observaba con cierta incredulidad.
—Que pasa Goldzsmit, ¿Por qué las lágrimas? —le preguntó un hombre que se acercaba al anciano ofreciéndole un tazón de sopa.
—Es el pequeño Jozef, me preocupa. Debe ser por el hambre, ahora parece que alucina —le aclaró con decepción.
Luego de comer su ración, Jozef volvió a su pasatiempo favorito: espiar la vida al exterior del escondite desde la rendija. Después de todo, era el único niño del lugar y no había con quién jugar. Vio que los camiones ya se habían marchado y solo quedaban algunos soldados alemanes junto a un oficial de las SS.
Ya no se veía por ninguna parte al cuervo. De repente escuchó cómo algo caía justo frente su rostro. Al disiparse el polvo que había sido levantado, pudo ver un pequeño par de patas delgadas y a unos brillantes ojos negros que le miraban. Era el cuervo, cuyo plumaje carmesí brillaba como el cobre bajo el sol. El animal se acercó a la rendija y luego de atravesar el pico por entre los barrotes le dijo:
—¿Crees en la magia niño?
Atónito, Jozef llevó sus manos a la boca, miró a su alrededor para cerciorarse de que nadie más estuviera presenciando aquel encuentro y en voz baja le susurró:
—Sí. Siempre he creído y ahora que tú me hablas, creo más —le respondió.
—Te he estado observando —graznó el cuervo—. ¿Podrás desvelarme tus trucos antes de que el hambre o los piojos hagan de ti un esqueleto andante? —preguntó el ave.
—He estado practicando algunos trucos con cartas, pero desde que llegaron los alemanes ya nadie quiere ver mi acto principal: ¡El gran escape!
—¡Craaa! —graznó nuevamente, a la vez que movía la cabeza de un lado al otro en un gesto de negación—. Revélame tu talento, ¡Oh! ¡Gran mago de Varsovia! Y como recompensa te ofrezco… ¡Tú libertad!
—¡Está bien! ¡Lo haré! —le respondió decidido—.Pero antes, tú también muéstrame alguno de tus trucos.
—¡Craaa! Poderoso es el don del habla y por ser el juglar de las desgracias se me conoce. Mis versos ven el pasado y el futuro vaticinan. Abre bien los oídos y extiende las manos pues por mis alas siete migas del maná del tiempo te serán entregadas —le enunció el cuervo.
A continuación, Jozef vio cómo el ave se quitaba una pluma con el pico para luego depositarla en sus manos. Al entrar en contacto con la pluma el niño quedó paralizado y al mismo tiempo abrumado con las imágenes que en su mente se empezaban a formar. Mientras tanto el cuervo se alejó un poco de la rejilla y con una de sus patas empezó a escribir algo en el suelo. Cuando terminó dijo:
Buscas la dulce vuelta
Gloriosa triste cría
Más yo tus ojos seré
Y esta tu historia
Siempre se repetirá
De Gaza a Treblinka
Guerra y muerte verás
Sin percatarse, una sensación de agobio y terror fue creciendo al interior del pecho del pequeño. Incapaz de resistirse, el advenimiento de cada verso fue dándole acceso a visiones cada vez más fugaces. Vio bombardeos, ejecuciones en masa y ríos de gente deambulando sin rumbo por una tierra árida. El llanto de madres con sus hijos muertos en brazos, rostros ensangrentados, pilas de cadáveres, guerra…y más guerra. Todas esas cosas ya las había visto Jozef durante su estancia en el gueto, sin embargo, aquellas revelaciones parecían tener lugar en otro sitio y tal vez hasta en otro tiempo.
—Ha… ha sido increíble… y horripilante— dijo al volver en sí. Ya la pluma de sus manos se había esfumado. Sabía que ahora era su turno y tenía que hacer algo deslumbrante.
Cubierto por una cobija de pies a cabeza el niño salió a hurtadillas de la guarida hacia la calle. Desde lo alto del muro, el cuervo le observaba con mirada escrutadora. Atravesó la barda corriendo, ignorando a los soldados. Aquel era su truco final, infantilmente ejecutado. Las carcajadas que provenían los soldados y del oficial estallaron por todo el lugar. Este último se acercó al pequeño y de un solo tirón le despojó de su roída “capa de invisibilidad”.
—¿Te crees muy listo niño? Hasta una rata tendría más sigilo que tú —le gritó al oído. Luego, con la culata de su arma lo derribó. El golpe fue tan fuerte que de una oreja del niño se empezó a asomar un hilillo de sangre. El oficial se percató que aún desde el suelo el pequeño empezaba a susurrar algo. Llevado por la curiosidad se acercó para oír qué decía. Bastó tan solo que escuchara por unos segundos aquel débil balbuceo para que el hombre entendiera lo que le estaba siendo revelado. Luego de incorporarse enérgicamente, dio órdenes a sus subalternos para que recogieran sus armas y le siguieran. Con gran afán el pelotón completo se esfumó.
Desde la guarida, todos allí habían observado impotentes la escena. Jozef seguía tendido en el suelo mientras que un cuervo le picoteaba la espalda. Repentinamente un golpe abrumador abrió la escotilla del escondite. Una ráfaga helada de viento inundó la estancia mientras la figura aterradora del oficial de las SS empezó a descender lentamente por la escalerilla que daba al interior del lugar. Mientras tanto, los parpados del niño se abrieron lentamente. El estruendo de disparos y gritos fue en aumento a medida que se levantó. A pesar del caos cercano se percató de que estaba solo, oportunamente solo. Entornó los ojos más allá de la barda en dirección a una chimenea fuera del gueto. Allí a lo lejos estaba posado el impávido cuervo. El ave le había cumplido.

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