El futuro en un cúbit – revista phoenix unal
El siguiente cuento fue publicado en Marzo de 2025 por la revista literaria Phoenix de la Universidad Nacional de Colombia: (Página 57)
El siguiente cuento fue publicado en Marzo de 2025 por la revista literaria Phoenix de la Universidad Nacional de Colombia: (Página 57)
Siempre que alguien me pregunta por la pluma de ave enmarcada que cuelga en mi consultorio, le repito lo mismo: “Es una larga historia” y a continuación cambio de tema. Podría quitarla de la pared y reemplazarla con la imagen de una playa en el caribe, pero eso en el fondo no solucionaría nada. Tenerla ahí, a la vista, hace parte de mi catarsis diaria. Siempre que me detengo a observar esa pluma negra, mi mente desciende en espiral por un remolino de emociones que me sumergen hasta lo más profundo en mis recuerdos de aquel día. Sin embargo, desde hace meses me viene asfixiando esta necesidad de expulsar de mi ser el relato de lo que viví; la historia del día en el que Tarik Halimović decidió acabar con su vida.
Todo ocurrió hace unos años mientras trabajaba en Saná, capital de Yemen. Esa noche Tarik y yo cenábamos en el restaurante del hotel, repasando lo ocurrido aquella tarde. Éramos colegas, trabajábamos para la ONU y ese día habíamos asistido a una ceremonia organizada por sobrevivientes de la guerra civil. La gran estrella allí fue Tarik, también conocido como “El Bosnio”, pues durante su gestión como comisionado de la ACNUR consiguió el apoyo internacional para brindar ayuda a los miles de víctimas que fue dejando el conflicto allí. Al final del evento, a Tarik se le hizo un reconocimiento simbólico por sus esfuerzos humanitarios. Recuerdo que el día anterior especulamos sobre el premio que recibiría: “Será solo una medalla” me dijo, “No, serán las llaves de la ciudad” le contradije. Después de pronunciar un discurso, un anciano que parecía importante le indicó que subiera a la tarima. Cuando estuvo allí, inclinó el rostro hacia el suelo en señal de respeto y luego el hombre depositó en sus manos un objeto alargado envuelto en una fina seda blanca. Se produjo un estallido de aplausos. Desde ese momento y hasta que fuimos a cenar, le estuve insistiendo para que desvelara su premio y él, en medio de sonrisas, se negaba. Esa modestia que le brindaba su introversión hacía de él todo un enigma, un acertijo andante que me cautivaba.
Luego de mis muchos ruegos, él cedió y ambos nos deslumbramos al revelar el obsequio: era una daga, pero no cualquier cuchillo, era una jambiya, un arma ceremonial yemení. En ese momento me le arrojé para felicitarlo con un abrazo, pero él no me devolvió el gesto: estaba paralizado observando la daga. Parecía ausente del mundo. Después de unos segundos reaccionó, se secó las lágrimas que resbalaron por su rostro y me devolvió una sonrisa. Fruncí el ceño para transmitirle mi confusión. “Esta daga me recuerda a mi infancia en Sarajevo, a la guerra y… a mi hermana”, dijo. ¿Hermana? Mi incertidumbre fue aún mayor, pues a pesar de llevar varios años trabajando juntos, Tarik nunca había mencionado a su hermana. Le pregunté por ella, pero él solo atinó a responder que era una larga historia y que prefería no hablar de ello. Fue ahí que pude reconocer en él los vestigios que solo un trauma puede dejar, así que en un acto de empatía le invité a cambiar de tema. La noche avanzó mientras intercambiábamos anécdotas y miradas, aunque a veces resultaba incómodo cuando él se quedaba observando la daga. Al mismo tiempo, el champagne fue desinhibiendo nuestros impulsos y en medio de un silencio cómplice nos dirigimos a la habitación de Tarik. Incluso mientras hacíamos el amor pude ver como sus ojos volvían con intermitencia sobre la jambiya, la cual yacía en el suelo junto a nuestra ropa. Traté de no darle importancia a ese comportamiento y me enfoqué en disfrutar el momento. Me concentré tanto en el acto que no recuerdo cómo pasé del post-orgasmo a estar profundamente dormida.
Era aún de madrugada cuando un destello me hizo despertar. Empecé a abrir los ojos despacio, intentando identificar la fuente de aquel fulgor hasta que me detuve ante lo que era una escena salida de un cuadro surrealista: Tarik estaba desnudo junto a la ventana, sosteniendo la daga en las palmas de sus manos mientras que el reflejo de la luz de la luna sobre el metal iluminaba toda la habitación. Me levanté y me acerqué a él para persuadirlo de volver a la cama, sin embargo, parecía estar de nuevo en medio de un trance. Sus ojos estaban recorriendo cada detalle del arma, desde la empuñadura, hecha de cuerno de rinoceronte con incrustaciones de oro, hasta la punta de la hoja, veteada por las marcas del acero al crisol. Al estar más cerca pude escuchar como no dejaba de murmurar las mismas palabras una y otra vez: “Cumpliré, lo he jurado, cumpliré, lo he jurado”. Cuando le pregunté si se encontraba bien, dio un salto hacia atrás y se mostró sorprendido al verme, luego me gritó: “¿¡Sabes lo que significa para mí!? ¿¡Recuerdas las palabras del viejo en la ceremonia!?”. Consternada, apreté los párpados e intenté recordar. “Gracias por venir a este rincón olvidado del mundo. Por favor, reciba esta jambiya. Para nuestro pueblo usted es un héroe”, le cité en un tono conciliador. De repente, una risa ominosa y nerviosa se apoderó de él. “¡Esta es la señal que esperé por tanto tiempo! ¡El destino ha venido por mí!”, dijo eufórico.
Yo no lograba salir aún de mi asombro por su comportamiento tan errático, cuando él, en medio de su “celebración” empuñó la daga y empezó a clavarse la hoja en el vientre. Solté un grito ahogado y aunque en un inicio me paralizó el horror, logré reaccionar a tiempo y me abalancé sobre Tarik para quitarle la jambiya. Forcejeamos durante unos segundos que me parecieron una eternidad, pero al final se rindió y se desplomó sobre mi regazo entre sollozos. Ya con el arma bajo mi poder, revisé que tan profunda era su herida y por fortuna era algo superficial. Parecía que mi intervención oportuna había evitado una tragedia.
Tarik no dejaba de lamentarse, golpeaba el suelo y maldecía, así que le rodeé con un abrazo y traté de consolarlo. “¿Qué ocurre? ¿Quieres hablarme de lo que pasa por tu mente?”. Él negó con la cabeza, pero trascurridos unos minutos su semblante empezó a cambiar, su respiración agitada fue calmándose y los murmullos ininteligibles que musitaba fueron desvaneciéndose hasta que se hizo un silencio. Luego me tomó de la mano y mientras me miraba a los ojos empezó a darme detalles de su natal Sarajevo, la ciudad sitiada y sumida en una guerra civil. Me habló de las callejuelas tapizadas con cráteres de mortero, cuyas fachadas estaban adornadas por impactos de fusil. Y así, empezó a narrarme los hechos de aquel día de 1995, el día en que siendo sombra su alma se oscureció.
“La sombra de Sarajevo”, así le decían los milicianos. Era tan solo un mensajero de diez años. Llevaba cosas de un lado a otro de la ciudad, sorteando las balas de los francotiradores serbios. Su sigilo y rapidez le hicieron legendario, todo un «héroe». “Lo recuerdo, el día que gané ese maldito título”. Esa mañana estuvo un tiempo a cubierto detrás de un automóvil destartalado hasta que a su enemigo se le acabó la munición. Luego atravesó como un rayo la avenida Kalemova y cumplió con su primera entrega del día: Unos medicamentos para la señora Dragović. Cuando regresó con vida al cuartel bosnio, el señor Balasević, su superior, le dijo: “te has convertido en un héroe, tus hazañas se cuentan en el frente”. En mi opinión, él se sintió lleno de orgullo y por eso mismo se dejó seducir por la soberbia cuando aceptó un encargo para llevar municiones, el cual le excedía en capacidad. Para tal fin convenció a Amna, su hermana, de ir con él en dicha misión.
Esa misma tarde, Amna y él fueron emboscados mientras cruzaban por uno de los «pasos seguros» que custodiaban los cascos azules de la ONU. Varios disparos les alcanzaron, él se pudo esconder, pero Amna… ella no lo consiguió. La última imagen que tuvo Tarik de su hermana fue el verla tirada sobre el asfalto, con un agujero de fusil en la frente. “Después de eso todo cambió”, dijo Tarik y me fijé en su expresión. En sus ojos vi un atisbo de claridad, el ritmo de su respiración fue en aumento. “¡Fue justo ahí cuando la sombra me cubrió!”.
Me contó que tras esa emboscada el tiempo para él se detuvo. Estuvo sumido en una parálisis hasta que un ave carroñera irrumpió en la escena, un cuervo. Junto a su hermana también cayó un soldado noruego que no cargaba rifle. El ave empezó a graznar y a picotear los ojos del militar muerto. En ese instante, Tarik volvió en sí, y por un breve momento, cruzó miradas con el animal para ver si se ahuyentaba. Al ver que no funcionaba le lanzó una piedra y el ave se alejó. En su huida, una de las plumas del cuervo se desprendió y vino a caer con delicadeza sobre el cuchillo de dotación del soldado. “Para mí, esa fue una señal”, me reveló. A continuación, alcanzó con cautela el cuerpo del hombre y le sustrajo el arma. Luego Tarik se detuvo en su narración. Entendí que iba a hacerme una confesión. Se aproximó hasta mi oído izquierdo y entre susurros me reveló cómo había tenido que arrastrar el cuerpo de su hermana hasta un sitio seguro. Allí se estuvo lamentando por horas, culpándose por haberla involucrado en su cruzada «heroica».
Decidió entonces que se vengaría y empezó a arrastrarse hasta el escondite del francotirador. Le tomó un tiempo para rastrearlo, pero cuando llegó la noche lo encontró descansando junto a una ventana en un décimo piso. Se le acercó dando avances furtivos por la espalda y con un sutil movimiento le cortó el cuello. La sangre emanó del tipo como una fuente y este, en un acto reflejó, soltó un disparo. El tiro alertó a otros dos hombres que vinieron en su ayuda. A esos también los mató Tarik, pues era muy pequeño para ser visto, era una sombra. Luego no vino nadie más. Después de eso se quedó petrificado varias horas viendo los cadáveres. A la mañana siguiente volvió a su casa cubierto en sangre y con el cadáver de Amna. Para su sorpresa, su madre, aunque parecía estar destrozada por la muerte de su hija, le reprendió por haber tomado venganza: “¡No eres ningún héroe! ¡Has faltado a la ley de Dios!”, le dijo. Luego lo abofeteó y le obligó a hacer un juramento: “Jurarás no volver a tocar un arma hasta que Dios te llame para redimir tus pecados”. Esa fue su sentencia.
Luego vi que Tarik se levantó de un salto y comenzó a saltar y agitar los brazos como si estuviera celebrando un gol. “¡Hoy ese anciano ha puesto en mis manos el instrumento de la voluntad divina! ¡El destino me llama a cumplir mi pena! ¡Cumpliré, lo he jurado! ¡Cumpliré, lo he jurado!”, empezó a decir en voz alta. Traté de calmarlo, lo insté a que respirara profundo y que contara hasta diez, pero él me empujó con fuerza y caí de espaldas. “¡Cállate! ¡No me voy a Calmar! ¡No lo entenderás nunca!, jamás has vivido una guerra, solo llegas después para recoger los pedazos”, me recalcó. Me quedé congelada en el suelo y él, por su parte, empezó a increparme. “Cuando camino por las calles de una gran ciudad padezco ataques de ansiedad, empiezo a imaginar que desde alguna ventana en cualquier edificio empezará a dispararme un francotirador. ¡Ya no lo soporto! ¿¡Sabes acaso como es vivir todos los días evitando tocar cualquier objeto que pueda ser un arma!?”.
Su pecho se expandía y contraía a un ritmo vertiginoso. Empezó a pasarse la daga de una mano a la otra y caminar en círculos. Temí por vida. Él ya no era el colega comprensivo y humanitario de quien me había fascinado. La sombra de Sarajevo estaba arropándolo una vez más. De repente, Tarik se acercó a mí y aprovechándose de mi pavor, me arrebató la daga. Luego se levantó, tomó la jambiya con ambas manos y se dispuso para asestarse la puñalada definitiva. Justo en ese instante, cuando Tarik tomaba un último respiro, ocurrió algo que también fue providencial para mí: Vi que un cuervo aterrizó sobre el alfeizar de la ventana.
Me puse de pie y, temblorosa, le señalé a Tarik que se fijara en el ave. Advertí que el cuervo ladeaba la cabeza y también nos observaba. Tarik se detuvo en su intento de seppuku y por su expresión comprendí que él reconocía en aquella visita algo especial. En ese instante decidí improvisar sobre esa casualidad y seguirle el juego: “¡Detente Tarik! Bien sabes lo que representa para ti, es el mensajero de la muerte. Ha venido a…”, en realidad no sabía a qué atribuir la presencia del animal, tan solo quería que me sirviera como distracción. “Ha aparecido para hacerte entrar en razón”, le expliqué. Tarik empezó a mostrarse confundido y sus ojos comenzaron a ir y venir entre los míos y los del pajarraco. Luego se acercó a la ventana, la abrió y se mantuvo frente al animal por un tiempo. Este último no se espantó y, por el contrario, dio un salto e ingresó a la habitación. Tarik se inclinó hacia el cuervo y por un momento pensé que se comunicaban por telepatía, luego él asintió con la cabeza, extendió la mano derecha y con un único movimiento de la jambiya se cortó por completo el dedo índice. Yo lancé un grito que, estoy segura, se pudo escuchar a kilómetros. Para mi sorpresa el pájaro no se ahuyentó. La sangre empezó a emanar de la herida de Tarik, pero él no se inmutó por el dolor. Después, en un acto que me pareció ceremonioso, vi cómo le acercó el dedo cercenado al ave. Este por su parte giró media vuelta el cuello y se quitó una pluma con el pico, luego tomó la ofrenda de Tarik con sus patas y emprendió el vuelo de vuelta a la calle. Sentí náuseas y empecé a pensar que aquello se trataba de un sueño. Sin embargo, Tarik recogió la pluma del suelo, la levantó con la mano sana y me la ofreció diciendo: “El destino no se ha presentado para ejecutar mi condena, tan solo ha venido a recaudar tributo”.
Escucho que tocan en mi consultorio. “Siga”, anuncio sin despegar mi vista de la pluma. Luego una mano con cuatro dedos me saluda. “Toc, Toc, ¿Quieres ir a almorzar?”
Semilla de aventura que participó (y fue ganadora) en el concurso “Roloctubre 2021” Organizado por la comunidad de rolencasa.com (link original)
Relato en homenaje a Vicente Huidobro
El portador del caos – Relato de Roloctubre
“Tiene que ser una coincidencia”, pensó el profesor Huidrobo mientras observaba los papeles que sostenía entre sus dedos. En su mano izquierda tenía una carta enviada desde la lejana Colombia, cuyo remitente era su colega y mentor Héctor Rojas. En la otra mano sostenía el periódico matutino el cual llevaba como titular: “Reconocido arqueólogo Colombiano Héctor Rojas fue asesinado tras su arribo a Santiago”. Las manos le empezaron a temblar hasta que de un salto se alejó del escritorio para ver por la ventana. Luego de recobrar la calma decidió terminar de leer la atroz noticia. Al parecer su maestro había sido apuñalado a la salida del aeropuerto y el asesino no pudo ser capturado. Luego revisó la fecha de envío de la carta: cuatro de agosto de 1973, hacía un mes. A pesar de la consternación, sintió que lo mínimo que debía hacer era leer las últimas palabras que su amigo le dedicó:
“Querido Carlos, te escribo estas cortas pero apresuradas palabras con el ánimo de advertirte del peligro que corres al seguir custodiando aquella vasija fúnebre de la cual me enviaste fotografías. Sé que lo que te digo no tiene sentido, que tu espíritu de arqueólogo te llama a estudiar dicho artefacto y que sueñas con que sea exhibida en el Museo Nacional de Chile. Sin embargo, te invito a que reconsideres tus planes luego de conocer mi historia: el mayor secreto que he guardado durante toda mi vida.
Todo comenzó a inicios de abril de 1948 cuando recibí una invitación de parte del Instituto Etnológico de Colombia para hacer parte de una expedición arqueológica. Como sabes llevaba ya un buen tiempo como docente en Estados Unidos, en la Universidad de Miskatonic. Aunque indeciso, acepté la invitación y tomé un vuelo hacia mi país, hasta la ciudad de Santa Marta. Allí fui recibido por una delegación que incluía al alcalde y a unos académicos de Bogotá.
Luego de una cena en la casa del alcalde fui apartado a un salón privado donde se me dieron los detalles de mi misión. Fui buscado por mi conocimiento en artefactos de la cultura Tairona y también por saber el dialecto Kogi, la lengua del pueblo nativo que aún residía en lo alto de la Sierra Nevada. Me informaron que saldríamos en una caminata hasta un punto desconocido escondido en las montañas. Allí, según algunos colonos, los indígenas mantenían ocultas las ruinas de una antigua ciudad. De inmediato pensé en la mítica Teyuna, pérdida hace siglos. Al día siguiente iniciamos la travesía una comitiva de diez personas entre ellas el alcalde, policías e investigadores guiados por un indígena Kogi el cual parecía estar siendo llevado en contra de su voluntad. Finalmente, al atardecer del octavo día llegamos a una explanada de terrazas circulares que abarcaba varias hectáreas. Quedé maravillado por el estado de conservación de las estructuras en roca y en especial por una gigantesca piedra de granito cuyos petroglifos me dediqué a descifrar antes de la caída de la noche.
La piedra narraba la historia de las guerras entre españoles y Taironas, en especial sobre la estrategia de los conquistadores para exterminar a los nativos: el culto a Altazor. Se trataba de una entidad primigenia, portadora del caos, que fue invocada para arrasar con Teyuna. También hablaba de cómo tras un ritual, los Mamos, líderes espirituales, consiguieron encerrar a la criatura en una vasija funeraria que fue enterrada en una cripta. Finalmente, luego del conflicto tuvieron que abandonar la ciudad.
Aquellas revelaciones me parecieron irreales, hasta que en la mitad de la noche nuestro guía se acercó y me dijo en su lengua: “No les ayudes a dar con la vasija, estos son los descendientes del culto a Altazor”. Aterrado, le solicité al hombre que me dijera algo más, sin embargo, nuestra conversación fue interrumpida cuando el alcalde abatió al guía de un tiro. Luego me apuntó y dijo: “Llévenos hasta la cripta”. Fue así cómo fui obligado a buscar en medio de la noche la apertura de la antigua cripta, guiado por las anotaciones en la piedra. Al cabo de un rato di con una loseta de roca cubierta por una gruesa capa de liquen.
Poseídos por un afán irracional, los hombres removieron la tapa y se adentraron presurosos en la cripta. Yo les seguí también, llevado por la curiosidad, hasta que presencié estupefacto los pormenores del ritual por el cual consiguieron dar con una vasija y de cómo tras una serie de rezos la misma se quebró liberando una masa oscura y amorfa que al principio me pareció un caballo negro sin ojos. La criatura profirió un relincho ensordecedor y luego procedió a devorar a varios de los cultistas hasta que al final solo quedó el alcalde. “¡Oh! ¡Gran Altazor, te hemos liberado para que restablezcas el orden en esta, la tierra de Colón!” le imploró este último. Tras escuchar las súplicas, la criatura devoró la cabeza del hombre y luego con una de sus patas dibujó una figura sobre una pared de la cripta. Sorprendido, vi cómo se abría una especie de portal luminoso por el cual cruzó la entidad. En ese momento, no sé si fue mi falta de cordura o mi tozudez, me decidí a atravesar aquel umbral.
Cuando abrí los ojos me encontré de repente al interior de lo que parecía ser una iglesia. No muy lejos pude ver como la criatura había adoptado la forma de un hombre y estaba abriendo las puertas de aquel lugar para encaminarse al exterior. Antes de irse me dirigió una mirada que me invitaba a seguirlo y así lo hice. Inmensa fue mi sorpresa cuando al salir pude identificar que estaba en la esquina de la carrera séptima con avenida Jiménez, ¡En el corazón de mi natal Bogotá! ¡Había recorrido más de 900 kilómetros en menos de un segundo! Me sentía muy confundido, pero aun así traté de buscar entre los transeúntes al demonio. Cuando al fin logré reconocerlo vi cómo se acercaba a un hombre menudo que iba caminando por la acera en la esquina de enfrente. El hombre se asustó, pues al igual que yo, reconoció que aquella figura no era de este mundo. Luego escuché una explosión. Me acerqué corriendo, pero ya era muy tarde, el hombre yacía tendido en el suelo en medio de un charco de sangre. Miré a mi alrededor buscando a la criatura, pero fue en vano. Se empezó a formar una gran algarabía en aquella esquina y fue ahí cuando entendí cuál era el objetivo de Altazor: restablecer el orden al imponer el caos. Las gentes empezaron a vociferar a mi alrededor, se miraban unos a otros en busca del asesino, hasta que una mujer gritó: ¡Lo mataron! ¡Mataron a Gaitán!”
—¡Piedad! — suplicó el soldado español. —¿Que hacen ustedes tan lejos de Santa Marta? —le preguntó Kali en castellano mientras lo sujetaba del cabello—¡Habla! ¿Dónde está Rodrigo de Bastidas? —¡Jamás! — Le respondió. A pesar de la oscuridad de la noche logró detallar a sus captoras. Ambas vestían con una tela larga y blanca que les cubría el pecho y las piernas, su piel era morena, usaban narigueras de oro y tenían el cabello negro y largo. La más alta cargaba un arco corto y se había apropiado de su espada. Al ver que su prisionero no cooperaba, Kali acerco la punta de su cayado al pecho del hombre, el cual empezó a sentir que se ahogaba. Ante la sensación de asfixia el capturado habló: —Llegamos aquí en busca de una cueva oculta en la sierra, más allá de Teyuna, la tumba de Tormmok— dijo con esfuerzo. Luego se desmayó. —Atema, hay que moverse—indicó Kali— Si cortamos camino por la selva podremos alcanzarlos antes de que amanezca. Las mujeres empezaron a ascender por entre la densa selva como una pareja de jaguares en busca de presa. Kali se sentía a salvo con Atema a su espalda, no obstante, no dejaba de pensar en el castigo que recibirían por asumir roles que no le estaban permitidos a las mujeres Taironas. Ni ella podía oficiar como nuakuibi o aprendiz espiritual, ni a su compañera se le tenía permitido ser guerrera. Sin embargo, allí estaban, en una misión secreta tras la caza del conquistador que trajo la guerra a su territorio. Cuando lograron divisar algunas de las edificaciones de Teyuna, Kali sintió que algo no estaba bien. Empezó a caminar más y más lento hasta que finalmente desfalleció. Atema notablemente preocupada fue en su ayuda e intentó reanimarla hasta que lo logró. —Gracias, tal vez ha sido el cambio de clima mientras ascendíamos —dijo Kali volviendo en sí, tratando en vano de disuadir la eventual curiosidad de su compañera. Eran varios los secretos que le ocultaba y la razón de aquellos quebrantos no sería una excepción—. Que nuestra madre Gauteovan te proteja. Debemos continuar—Le indicó mientras se incorporaba. Luego limpió gentilmente las lágrimas de Atema, la cual quedó atónita cuando Kali junto sus labios con los suyos, en un beso que la guerrera deseo fuera eterno. Después de su paso por la ciudad antigua no fue difícil dar con el rastro del conquistador pues las huellas de caballo delataron la ruta que habían seguido. Pese a saber de la existencia de la cueva, ningún Naoma o sacerdote conocía realmente su ubicación. Por tal razón le resultaba extraño a Kali que Rodrigo supiera el camino. Era seguro que estaba siendo guiado por alguien más. Llegaron eventualmente a unas antiguas ruinas en la falda de un monte. Una espesa vegetación había ocultado la entrada a la cueva por mucho tiempo hasta ahora. Al llegar al umbral de la cueva Kali identificó unas inscripciones en la piedra y en un acto solemne de mediación con el mundo espiritual de Aluna, dijo: “Solicitamos a Tormmok, el espíritu del murciélago, nos permita acceder a su morada”. Luego de eso se adentraron por una gruta que descendía por las entrañas de la montaña. Se detuvieron al escuchar voces provenientes de una sala cercana. Los intrusos portaban antorchas, lo cual les permitió identificar a Rodrigo y a otros dos hombres, al parecer nativos. —Si la cura que me ofrecen funciona, les prometo que solo tomaré esclavos de los Taironas, y a ustedes los Gairas les dejaré en paz. — dijo el español. Uno de los hombres asintió y a continuación le indico a Rodrigo que se arrodillara para invocar al gran espíritu. Luego de pronunciar unas palabras procedió a apuñalar al otro nativo que le acompañaba, el cual murió instantáneamente. De repente del interior del cuerpo de este último, empezaron a abrirse paso de entre la carne lo que parecían ser extremidades. Primero un brazo, luego una pierna y al final la figura entera de un hombre muy alto se presentó ante ellos. Su piel era muy blanca y pálida, no poseía ojos y en vez de nariz tenía un hocico como de cerdo. — ¡Gran Tormmok, te he ofrecido un sacrificio!¡Te suplico me otorgues una cura para la enfermad que me aqueja! — le suplicó el conquistador. La bestia camino hacia Rodrigo, le quito el casco que llevaba y al interior del mismo empezó a vomitar. Luego le ofreció de vuelta el líquido. Aquella era su cura. Justo cuando Rodrigo se disponía a beber del elixir una flecha atravesó el aire, fallando por muy poco de su objetivo. Así, Kali y Atema irrumpieron en la sala buscando capturar al español. Ambas ignoraron la ira del espíritu, el cual embistió contra ellas ofendido por la intromisión. Kali intentó detener el ataque por medio de un canto sagrado pero su poder parecía nos ser suficiente. Mientras tanto, Rodrigo aprovecho para intentar escapar, pero fue interceptado por la espada de Kali. El español demostró su ímpetu en un improvisado duelo de esgrima donde habría resultado perdedor si Atema no se hubiera distraído al ver a Kali arrinconada por la bestia blanca. Fue más el afán por proteger a Kali que el odio por el conquistador, así que le dejo ir. Corrió en embestida justo cuando la bestia abría las fauces en torno al cuello de la sacerdotisa. Sorpresivamente al último momento Tormmok desistió y retrocedió horrorizado. — ¡Sabes que no puedo tocar a una vida que está por venir!¡Sal de mis dominios hechicera encinta! — Le gritó encolerizado. Luego se desvaneció. Un silencio incomodo inundó la cueva. Kali y Atema se miraron a los ojos sin pronunciar palabra. A lo lejos se escuchaba el galopar de un caballo que se alejaba. Finalmente, Kali rompió en llanto mientras su amiga le rodeo en un tibio abrazo. — No hay por que lamentarse, por ahora debemos prepararnos para la guerra— dijo Atema — ¡Tu no entiendes! ¡El padre de mi hijo es español!
El Jaguar, aquel que depreda, huía de sus cazadores. Se movía con sigilo por la selva dejando tras de sí un rastro de pavor. Estaba exhausto. Su cuerpo le pedía a gritos un descanso, sin embargo sabía que no podía parar. El estruendo de las ráfagas de fusil se fundía con los truenos que resonaban en el cielo nocturno. Sus perseguidores estaban cada vez más cerca. Conocía bien la selva, así que pensó en buscar un escondite, mimetizarse con la hierba o enterrarse en la tierra. Era un jaguar pequeño y tenía algo que lo hacía especial: no andaba a cuatro patas sino sobre dos pies.
Mientras corría se topó con un riachuelo el cual conocía muy bien. Por lo general no era muy profundo, pero las lluvias lo habían hecho crecer. Se zambulló lentamente y se alegró al ver que el nivel del agua era suficiente para hacerlo desaparecer. Al fin y al cabo, a la edad de diez años no era tan alto como se imaginaba.
De repente, un halcón negro irrumpió en el firmamento y al parecer había venido en busca de él. Este cazador también era especial: no batía las alas pues volaba con aspas y de su cuerpo metálico se desprendía un haz de luz que buscaba sobre la tierra rastros de su presa. El Jaguar tomó aire y se sumergió. Anduvo varios metros con la panza rozando el lecho del río hasta que se alejó del ojo delator del halcón y al igual que una rana saltó fuera del agua. Ya en la superficie se pudo sentir tranquilo. Parecía que se había escabullido de sus perseguidores. Se limpió el lodo del rostro y con las manos empezó a tantear su cuerpo en busca de alguna herida importante. Allí donde encontró sangre se lamió.
Al cabo de un rato, la selva se hallaba en un completo silencio. Fue ahí cuando el Jaguar tuvo la oportunidad de considerar como toda su vida había cambiado, hacía tan solo quince minutos, allá lejos en el campamento. Recordó que se encontraba discutiendo con dos amigos, de la misma edad, respecto a su nombre de guerra. No le gustaba que le dijeran “Jaguar”. Se sentía orgulloso de su nombre, Jackson, como el futbolista Chocoano, al igual que Él. Sin embargo allí estaban prohibidos los nombres de verdad. “Jaguar” no estaba mal, pero hubiera preferido “Pantera Negra”, como el superhéroe.
—Créeme compa, “Pantera Negra” es mejor. Además mirá, mi piel también es negra —dijo el Jaguar.
—No jodás Jackson, que aquí todos somos negros como vos —dijo el Tucán.
Luego, todos los chicos que estaban cenando alrededor del fuego estallaron en risas. Casi al mismo tiempo también estallaron las bombas.
Las explosiones fueron varias y muy rápidas. No le dieron oportunidad a nadie para reaccionar. Brazos, piernas y torsos salieron a volar. El Jaguar se tiró al piso, por puro instinto. Al ver que seguía entero se levantó y fue en busca de su fusil. Cuando tuvo el arma entre sus manos disparó en todas direcciones, también por puro instinto. Sus descargas pronto encontraron respuesta y varias ráfagas se pudieron escuchar viniendo desde lo profundo de la selva. Al verse rodeado soltó el arma —una falta grave— y emprendió la huida.
Ahora, cuando creyó encontrarse solo, habiendo eludido a sus atacantes, se permitió otra falta grave: llorar. Sus lágrimas se entrelazaron con la lluvia. ¿A dónde iría? No conocía otro lugar que no fuera con la guerrilla. Fue gestado y parido en medio de la guerra. La misma guerra que le había arrebatado a sus padres antes de siquiera poder conocerlos bien. Su familia era su escuadra y los comandantes, algo así como tíos.
Más grave que llorar, era sollozar, eso generaba mucho ruido. Pero no le importó y dejó escapar algunos quejidos. No se sentía como un Jaguar sino como un jaguarcito. No alcanzaba a comprender cómo el enemigo podía haber bombardeado a una manada de cachorros.
Clic. El Jaguar se había descuidado y fue detectado. Sintió el frío del cañón sobre la nuca. Clic. El seguro del rifle había sido removido. Una figura alta y camuflada surgió de la espesura.
—¡Quédate quieto culicagao! —dijo el soldado.
El jaguarcito levantó las manos y empezó a llorar. En ese momento una sombra cayó como un rayo desde la rama de un árbol y derribó al soldado, el cual no tuvo oportunidad de reaccionar. Bajo la luz de la luna unas manchas en forma de rosa revelaron la identidad de aquel salvador: Un jaguar. El original.
Jackson, paralizado, pudo ver cómo el hombre luchaba por quitarse de encima al animal, hasta que este le desgarró el cuello con las fauces. Lamentablemente, antes de expirar, el hombre accionó el gatillo y una de las balas impactó en un brazo al chico.
El dolor le invadió el cuerpo, sin embargo unos disparos cercanos le inundaron de adrenalina y se dispuso a huir. Cuando se levantó, jaguar y “jaguarcito” se vieron de frente sin saber qué hacer. El jaguar tomó la delantera y con la mirada pareció indicarle que lo siguiera.
De esta manera, el niño de la guerra y el rey de la selva chocoana anduvieron juntos un buen rato hasta que el chico pareció desfallecer. Había perdido mucha sangre. Se esforzó por mantener el ritmo apoyándose en los árboles e intentó no perder de vista a su guía. Ambos recorrieron la selva hasta que se encontraron fuera de la misma. Jackson reconoció una carretera y luego avanzaron hasta la entrada de un pueblo. Allí el chico se giró para despedirse de su acompañante. “Adiós Vorpalino”, le dijo y se desmayó. A partir de ese momento todo se volvió oscuro aunque podía oír.
Oyó una marcha de pies que se acercaban. Eran soldados. Intentó despertar, pero fue en vano. Súbitamente, escuchó unas voces tras de sí que gritaron: “¡No señores!, ¡Se van con sus armas de aquí!, ¡Este niño está herido y hay que curarlo! ¡Somos la Comunidad de Paz de Curbaradó!”.
Este cuento hace parte de la antología “Bogotá Cuenta, Decir los días”, publicada por el IDARTES en 2020 y que se puede descargar aquí
“La espada del destino tiene dos filos…y uno eres tú”— Andrzej Sapkowski
La muerte despuntó el alba y la desesperanza marcaba el ritmo. Los cientos de pies descalzos que marchaban al unísono producían una hipnótica sensación sonora entre quienes se dirigían en dos filas hacia los camiones alemanes que les esperaban. Mientras la operación se llevaba a cabo un cuervo sobrevolaba en amplios círculos aquel lugar hasta que después de algunos minutos se posó en lo alto de una chimenea cercana. A ojos del animal la escena era una especie de ceremonia. Parecía uno más de los tantos rituales tan característicos de aquellos seres bípedos.
Sin embargo, a ojos del pequeño Jozef había algo allí que no era normal. Oculto tras una pequeña rendija a nivel del suelo desde la cual se podía ver todo el operativo, el niño saltó emocionado desde su puesto de observación y corrió hasta la otra esquina del sótano. Allí un grupo de hombres reunidos alrededor del fogón debatían en voz baja.
—¡Maestro Goldzsmit! ¡Venga rápido! ¡Algo extraño ocurre en la calle! —gritó Jozef al tiempo que halaba del abrigo de uno de los hombres, el más anciano de ellos.
—¡Ssshhh! ¡Que no alces la voz niño! —le regañó el hombre—¡No ves que estamos en medio de una discusión de adultos!
—¡Goldzsmit, deja de parlotear con ese mocoso! ¿Que no ves que estamos en una situación crítica? —dijo otro de los hombres—. Ocho balas de revólver, eso es todo lo que tenemos de municiones.
—Es que acabo de ver algo impresionante mientras los alemanes llenaban los camiones con más de nuestra gente en la esquina de la calle Wronia —dijo entre jadeos el niño—. ¡Estoy seguro de que se trata de magia!
—¿Magia? ¿Camiones? ¿Pero de qué estás hablando, criatura? —le espetó el señor Goldzsmit—. Vamos, muéstrame eso. El anciano se acercó a la rendija que daba a la calle y luego de ver lo que pasaba se dirigió a uno de los hombres.
—¡Korczak! ¡Rápido! ¡Diríjase cuanto antes al escondite del suroeste y avise que las deportaciones se han reactivado! Un gran revuelo se creó al interior del escondite, mas sin embargo era un revuelo en voz baja.
—¿Maestro, maestro, no nota usted algo extraño? Mire allí justo donde están subiendo a la gente, ¡Es mágico! —le indicó el niño.
—¡Cómo vas a hablar de magia en estos momentos Jozef! —volvió a regañarle el viejo, mientras entrecerraba los ojos para ver mejor lo que pasaba.
—¡Pero la magia existe! ¡Yo puedo ver la magia! Allí está. —Le señaló Jozef con un dedo en dirección a la calle.
—¿Qué? ¿Qué ves? Yo solo veo a bárbaros llevando a cabo una limpieza étnica.
—¡No! ¡Eso no! —le gritó— ¡Yo me refiero al cuervo encima de la chimenea! ¿Que acaso no lo ve? —El anciano se esforzó nuevamente y en efecto logró ver a un cuervo posado sobre una casa en ruinas.
—Solo es un pájaro, ¿y qué con eso?
Extrañado, el niño le gritó a la cara: ¡Pues que es rojo! ¡El cuervo es rojo! ¡Y los cuervos rojos no existen! ¡Es un cuervo mágico! Dudando de sus propios sentidos, el anciano volvió a mirar, pero ante sus ojos el cuervo seguía siendo tan negro como lo han sido siempre los de su especie.
Alejándose de la rendija y con una profunda mirada de tristeza el anciano analizó al niño de arriba a abajo.
—Ya es tarde, ve por tu ración antes de que se acaben —le indicó su maestro.
Con la cabeza baja y resignado porque una vez más había sido ignorado, el niño se alejó en dirección al fogón. Un adulto le había dado una orden y era su deber cumplirla. El viejo le observaba con cierta incredulidad.
—Que pasa Goldzsmit, ¿Por qué las lágrimas? —le preguntó un hombre que se acercaba al anciano ofreciéndole un tazón de sopa.
—Es el pequeño Jozef, me preocupa. Debe ser por el hambre, ahora parece que alucina —le aclaró con decepción.
Luego de comer su ración, Jozef volvió a su pasatiempo favorito: espiar la vida al exterior del escondite desde la rendija. Después de todo, era el único niño del lugar y no había con quién jugar. Vio que los camiones ya se habían marchado y solo quedaban algunos soldados alemanes junto a un oficial de las SS.
Ya no se veía por ninguna parte al cuervo. De repente escuchó cómo algo caía justo frente su rostro. Al disiparse el polvo que había sido levantado, pudo ver un pequeño par de patas delgadas y a unos brillantes ojos negros que le miraban. Era el cuervo, cuyo plumaje carmesí brillaba como el cobre bajo el sol. El animal se acercó a la rendija y luego de atravesar el pico por entre los barrotes le dijo:
—¿Crees en la magia niño?
Atónito, Jozef llevó sus manos a la boca, miró a su alrededor para cerciorarse de que nadie más estuviera presenciando aquel encuentro y en voz baja le susurró:
—Sí. Siempre he creído y ahora que tú me hablas, creo más —le respondió.
—Te he estado observando —graznó el cuervo—. ¿Podrás desvelarme tus trucos antes de que el hambre o los piojos hagan de ti un esqueleto andante? —preguntó el ave.
—He estado practicando algunos trucos con cartas, pero desde que llegaron los alemanes ya nadie quiere ver mi acto principal: ¡El gran escape!
—¡Craaa! —graznó nuevamente, a la vez que movía la cabeza de un lado al otro en un gesto de negación—. Revélame tu talento, ¡Oh! ¡Gran mago de Varsovia! Y como recompensa te ofrezco… ¡Tú libertad!
—¡Está bien! ¡Lo haré! —le respondió decidido—.Pero antes, tú también muéstrame alguno de tus trucos.
—¡Craaa! Poderoso es el don del habla y por ser el juglar de las desgracias se me conoce. Mis versos ven el pasado y el futuro vaticinan. Abre bien los oídos y extiende las manos pues por mis alas siete migas del maná del tiempo te serán entregadas —le enunció el cuervo.
A continuación, Jozef vio cómo el ave se quitaba una pluma con el pico para luego depositarla en sus manos. Al entrar en contacto con la pluma el niño quedó paralizado y al mismo tiempo abrumado con las imágenes que en su mente se empezaban a formar. Mientras tanto el cuervo se alejó un poco de la rejilla y con una de sus patas empezó a escribir algo en el suelo. Cuando terminó dijo:
Buscas la dulce vuelta
Gloriosa triste cría
Más yo tus ojos seré
Y esta tu historia
Siempre se repetirá
De Gaza a Treblinka
Guerra y muerte verás
Sin percatarse, una sensación de agobio y terror fue creciendo al interior del pecho del pequeño. Incapaz de resistirse, el advenimiento de cada verso fue dándole acceso a visiones cada vez más fugaces. Vio bombardeos, ejecuciones en masa y ríos de gente deambulando sin rumbo por una tierra árida. El llanto de madres con sus hijos muertos en brazos, rostros ensangrentados, pilas de cadáveres, guerra…y más guerra. Todas esas cosas ya las había visto Jozef durante su estancia en el gueto, sin embargo, aquellas revelaciones parecían tener lugar en otro sitio y tal vez hasta en otro tiempo.
—Ha… ha sido increíble… y horripilante— dijo al volver en sí. Ya la pluma de sus manos se había esfumado. Sabía que ahora era su turno y tenía que hacer algo deslumbrante.
Cubierto por una cobija de pies a cabeza el niño salió a hurtadillas de la guarida hacia la calle. Desde lo alto del muro, el cuervo le observaba con mirada escrutadora. Atravesó la barda corriendo, ignorando a los soldados. Aquel era su truco final, infantilmente ejecutado. Las carcajadas que provenían los soldados y del oficial estallaron por todo el lugar. Este último se acercó al pequeño y de un solo tirón le despojó de su roída “capa de invisibilidad”.
—¿Te crees muy listo niño? Hasta una rata tendría más sigilo que tú —le gritó al oído. Luego, con la culata de su arma lo derribó. El golpe fue tan fuerte que de una oreja del niño se empezó a asomar un hilillo de sangre. El oficial se percató que aún desde el suelo el pequeño empezaba a susurrar algo. Llevado por la curiosidad se acercó para oír qué decía. Bastó tan solo que escuchara por unos segundos aquel débil balbuceo para que el hombre entendiera lo que le estaba siendo revelado. Luego de incorporarse enérgicamente, dio órdenes a sus subalternos para que recogieran sus armas y le siguieran. Con gran afán el pelotón completo se esfumó.
Desde la guarida, todos allí habían observado impotentes la escena. Jozef seguía tendido en el suelo mientras que un cuervo le picoteaba la espalda. Repentinamente un golpe abrumador abrió la escotilla del escondite. Una ráfaga helada de viento inundó la estancia mientras la figura aterradora del oficial de las SS empezó a descender lentamente por la escalerilla que daba al interior del lugar. Mientras tanto, los parpados del niño se abrieron lentamente. El estruendo de disparos y gritos fue en aumento a medida que se levantó. A pesar del caos cercano se percató de que estaba solo, oportunamente solo. Entornó los ojos más allá de la barda en dirección a una chimenea fuera del gueto. Allí a lo lejos estaba posado el impávido cuervo. El ave le había cumplido.