Siempre que alguien me pregunta por la pluma de ave enmarcada que cuelga en mi consultorio, le repito lo mismo: “Es una larga historia” y a continuación cambio de tema. Podría quitarla de la pared y reemplazarla con la imagen de una playa en el caribe, pero eso en el fondo no solucionaría nada. Tenerla ahí, a la vista, hace parte de mi catarsis diaria. Siempre que me detengo a observar esa pluma negra, mi mente desciende en espiral por un remolino de emociones que me sumergen hasta lo más profundo en mis recuerdos de aquel día. Sin embargo, desde hace meses me viene asfixiando esta necesidad de expulsar de mi ser el relato de lo que viví; la historia del día en el que Tarik Halimović decidió acabar con su vida.
Todo ocurrió hace unos años mientras trabajaba en Saná, capital de Yemen. Esa noche Tarik y yo cenábamos en el restaurante del hotel, repasando lo ocurrido aquella tarde. Éramos colegas, trabajábamos para la ONU y ese día habíamos asistido a una ceremonia organizada por sobrevivientes de la guerra civil. La gran estrella allí fue Tarik, también conocido como “El Bosnio”, pues durante su gestión como comisionado de la ACNUR consiguió el apoyo internacional para brindar ayuda a los miles de víctimas que fue dejando el conflicto allí. Al final del evento, a Tarik se le hizo un reconocimiento simbólico por sus esfuerzos humanitarios. Recuerdo que el día anterior especulamos sobre el premio que recibiría: “Será solo una medalla” me dijo, “No, serán las llaves de la ciudad” le contradije. Después de pronunciar un discurso, un anciano que parecía importante le indicó que subiera a la tarima. Cuando estuvo allí, inclinó el rostro hacia el suelo en señal de respeto y luego el hombre depositó en sus manos un objeto alargado envuelto en una fina seda blanca. Se produjo un estallido de aplausos. Desde ese momento y hasta que fuimos a cenar, le estuve insistiendo para que desvelara su premio y él, en medio de sonrisas, se negaba. Esa modestia que le brindaba su introversión hacía de él todo un enigma, un acertijo andante que me cautivaba.
Luego de mis muchos ruegos, él cedió y ambos nos deslumbramos al revelar el obsequio: era una daga, pero no cualquier cuchillo, era una jambiya, un arma ceremonial yemení. En ese momento me le arrojé para felicitarlo con un abrazo, pero él no me devolvió el gesto: estaba paralizado observando la daga. Parecía ausente del mundo. Después de unos segundos reaccionó, se secó las lágrimas que resbalaron por su rostro y me devolvió una sonrisa. Fruncí el ceño para transmitirle mi confusión. “Esta daga me recuerda a mi infancia en Sarajevo, a la guerra y… a mi hermana”, dijo. ¿Hermana? Mi incertidumbre fue aún mayor, pues a pesar de llevar varios años trabajando juntos, Tarik nunca había mencionado a su hermana. Le pregunté por ella, pero él solo atinó a responder que era una larga historia y que prefería no hablar de ello. Fue ahí que pude reconocer en él los vestigios que solo un trauma puede dejar, así que en un acto de empatía le invité a cambiar de tema. La noche avanzó mientras intercambiábamos anécdotas y miradas, aunque a veces resultaba incómodo cuando él se quedaba observando la daga. Al mismo tiempo, el champagne fue desinhibiendo nuestros impulsos y en medio de un silencio cómplice nos dirigimos a la habitación de Tarik. Incluso mientras hacíamos el amor pude ver como sus ojos volvían con intermitencia sobre la jambiya, la cual yacía en el suelo junto a nuestra ropa. Traté de no darle importancia a ese comportamiento y me enfoqué en disfrutar el momento. Me concentré tanto en el acto que no recuerdo cómo pasé del post-orgasmo a estar profundamente dormida.
Era aún de madrugada cuando un destello me hizo despertar. Empecé a abrir los ojos despacio, intentando identificar la fuente de aquel fulgor hasta que me detuve ante lo que era una escena salida de un cuadro surrealista: Tarik estaba desnudo junto a la ventana, sosteniendo la daga en las palmas de sus manos mientras que el reflejo de la luz de la luna sobre el metal iluminaba toda la habitación. Me levanté y me acerqué a él para persuadirlo de volver a la cama, sin embargo, parecía estar de nuevo en medio de un trance. Sus ojos estaban recorriendo cada detalle del arma, desde la empuñadura, hecha de cuerno de rinoceronte con incrustaciones de oro, hasta la punta de la hoja, veteada por las marcas del acero al crisol. Al estar más cerca pude escuchar como no dejaba de murmurar las mismas palabras una y otra vez: “Cumpliré, lo he jurado, cumpliré, lo he jurado”. Cuando le pregunté si se encontraba bien, dio un salto hacia atrás y se mostró sorprendido al verme, luego me gritó: “¿¡Sabes lo que significa para mí!? ¿¡Recuerdas las palabras del viejo en la ceremonia!?”. Consternada, apreté los párpados e intenté recordar. “Gracias por venir a este rincón olvidado del mundo. Por favor, reciba esta jambiya. Para nuestro pueblo usted es un héroe”, le cité en un tono conciliador. De repente, una risa ominosa y nerviosa se apoderó de él. “¡Esta es la señal que esperé por tanto tiempo! ¡El destino ha venido por mí!”, dijo eufórico.
Yo no lograba salir aún de mi asombro por su comportamiento tan errático, cuando él, en medio de su “celebración” empuñó la daga y empezó a clavarse la hoja en el vientre. Solté un grito ahogado y aunque en un inicio me paralizó el horror, logré reaccionar a tiempo y me abalancé sobre Tarik para quitarle la jambiya. Forcejeamos durante unos segundos que me parecieron una eternidad, pero al final se rindió y se desplomó sobre mi regazo entre sollozos. Ya con el arma bajo mi poder, revisé que tan profunda era su herida y por fortuna era algo superficial. Parecía que mi intervención oportuna había evitado una tragedia.
Tarik no dejaba de lamentarse, golpeaba el suelo y maldecía, así que le rodeé con un abrazo y traté de consolarlo. “¿Qué ocurre? ¿Quieres hablarme de lo que pasa por tu mente?”. Él negó con la cabeza, pero trascurridos unos minutos su semblante empezó a cambiar, su respiración agitada fue calmándose y los murmullos ininteligibles que musitaba fueron desvaneciéndose hasta que se hizo un silencio. Luego me tomó de la mano y mientras me miraba a los ojos empezó a darme detalles de su natal Sarajevo, la ciudad sitiada y sumida en una guerra civil. Me habló de las callejuelas tapizadas con cráteres de mortero, cuyas fachadas estaban adornadas por impactos de fusil. Y así, empezó a narrarme los hechos de aquel día de 1995, el día en que siendo sombra su alma se oscureció.
“La sombra de Sarajevo”, así le decían los milicianos. Era tan solo un mensajero de diez años. Llevaba cosas de un lado a otro de la ciudad, sorteando las balas de los francotiradores serbios. Su sigilo y rapidez le hicieron legendario, todo un «héroe». “Lo recuerdo, el día que gané ese maldito título”. Esa mañana estuvo un tiempo a cubierto detrás de un automóvil destartalado hasta que a su enemigo se le acabó la munición. Luego atravesó como un rayo la avenida Kalemova y cumplió con su primera entrega del día: Unos medicamentos para la señora Dragović. Cuando regresó con vida al cuartel bosnio, el señor Balasević, su superior, le dijo: “te has convertido en un héroe, tus hazañas se cuentan en el frente”. En mi opinión, él se sintió lleno de orgullo y por eso mismo se dejó seducir por la soberbia cuando aceptó un encargo para llevar municiones, el cual le excedía en capacidad. Para tal fin convenció a Amna, su hermana, de ir con él en dicha misión.
Esa misma tarde, Amna y él fueron emboscados mientras cruzaban por uno de los «pasos seguros» que custodiaban los cascos azules de la ONU. Varios disparos les alcanzaron, él se pudo esconder, pero Amna… ella no lo consiguió. La última imagen que tuvo Tarik de su hermana fue el verla tirada sobre el asfalto, con un agujero de fusil en la frente. “Después de eso todo cambió”, dijo Tarik y me fijé en su expresión. En sus ojos vi un atisbo de claridad, el ritmo de su respiración fue en aumento. “¡Fue justo ahí cuando la sombra me cubrió!”.
Me contó que tras esa emboscada el tiempo para él se detuvo. Estuvo sumido en una parálisis hasta que un ave carroñera irrumpió en la escena, un cuervo. Junto a su hermana también cayó un soldado noruego que no cargaba rifle. El ave empezó a graznar y a picotear los ojos del militar muerto. En ese instante, Tarik volvió en sí, y por un breve momento, cruzó miradas con el animal para ver si se ahuyentaba. Al ver que no funcionaba le lanzó una piedra y el ave se alejó. En su huida, una de las plumas del cuervo se desprendió y vino a caer con delicadeza sobre el cuchillo de dotación del soldado. “Para mí, esa fue una señal”, me reveló. A continuación, alcanzó con cautela el cuerpo del hombre y le sustrajo el arma. Luego Tarik se detuvo en su narración. Entendí que iba a hacerme una confesión. Se aproximó hasta mi oído izquierdo y entre susurros me reveló cómo había tenido que arrastrar el cuerpo de su hermana hasta un sitio seguro. Allí se estuvo lamentando por horas, culpándose por haberla involucrado en su cruzada «heroica».
Decidió entonces que se vengaría y empezó a arrastrarse hasta el escondite del francotirador. Le tomó un tiempo para rastrearlo, pero cuando llegó la noche lo encontró descansando junto a una ventana en un décimo piso. Se le acercó dando avances furtivos por la espalda y con un sutil movimiento le cortó el cuello. La sangre emanó del tipo como una fuente y este, en un acto reflejó, soltó un disparo. El tiro alertó a otros dos hombres que vinieron en su ayuda. A esos también los mató Tarik, pues era muy pequeño para ser visto, era una sombra. Luego no vino nadie más. Después de eso se quedó petrificado varias horas viendo los cadáveres. A la mañana siguiente volvió a su casa cubierto en sangre y con el cadáver de Amna. Para su sorpresa, su madre, aunque parecía estar destrozada por la muerte de su hija, le reprendió por haber tomado venganza: “¡No eres ningún héroe! ¡Has faltado a la ley de Dios!”, le dijo. Luego lo abofeteó y le obligó a hacer un juramento: “Jurarás no volver a tocar un arma hasta que Dios te llame para redimir tus pecados”. Esa fue su sentencia.
Luego vi que Tarik se levantó de un salto y comenzó a saltar y agitar los brazos como si estuviera celebrando un gol. “¡Hoy ese anciano ha puesto en mis manos el instrumento de la voluntad divina! ¡El destino me llama a cumplir mi pena! ¡Cumpliré, lo he jurado! ¡Cumpliré, lo he jurado!”, empezó a decir en voz alta. Traté de calmarlo, lo insté a que respirara profundo y que contara hasta diez, pero él me empujó con fuerza y caí de espaldas. “¡Cállate! ¡No me voy a Calmar! ¡No lo entenderás nunca!, jamás has vivido una guerra, solo llegas después para recoger los pedazos”, me recalcó. Me quedé congelada en el suelo y él, por su parte, empezó a increparme. “Cuando camino por las calles de una gran ciudad padezco ataques de ansiedad, empiezo a imaginar que desde alguna ventana en cualquier edificio empezará a dispararme un francotirador. ¡Ya no lo soporto! ¿¡Sabes acaso como es vivir todos los días evitando tocar cualquier objeto que pueda ser un arma!?”.
Su pecho se expandía y contraía a un ritmo vertiginoso. Empezó a pasarse la daga de una mano a la otra y caminar en círculos. Temí por vida. Él ya no era el colega comprensivo y humanitario de quien me había fascinado. La sombra de Sarajevo estaba arropándolo una vez más. De repente, Tarik se acercó a mí y aprovechándose de mi pavor, me arrebató la daga. Luego se levantó, tomó la jambiya con ambas manos y se dispuso para asestarse la puñalada definitiva. Justo en ese instante, cuando Tarik tomaba un último respiro, ocurrió algo que también fue providencial para mí: Vi que un cuervo aterrizó sobre el alfeizar de la ventana.
Me puse de pie y, temblorosa, le señalé a Tarik que se fijara en el ave. Advertí que el cuervo ladeaba la cabeza y también nos observaba. Tarik se detuvo en su intento de seppuku y por su expresión comprendí que él reconocía en aquella visita algo especial. En ese instante decidí improvisar sobre esa casualidad y seguirle el juego: “¡Detente Tarik! Bien sabes lo que representa para ti, es el mensajero de la muerte. Ha venido a…”, en realidad no sabía a qué atribuir la presencia del animal, tan solo quería que me sirviera como distracción. “Ha aparecido para hacerte entrar en razón”, le expliqué. Tarik empezó a mostrarse confundido y sus ojos comenzaron a ir y venir entre los míos y los del pajarraco. Luego se acercó a la ventana, la abrió y se mantuvo frente al animal por un tiempo. Este último no se espantó y, por el contrario, dio un salto e ingresó a la habitación. Tarik se inclinó hacia el cuervo y por un momento pensé que se comunicaban por telepatía, luego él asintió con la cabeza, extendió la mano derecha y con un único movimiento de la jambiya se cortó por completo el dedo índice. Yo lancé un grito que, estoy segura, se pudo escuchar a kilómetros. Para mi sorpresa el pájaro no se ahuyentó. La sangre empezó a emanar de la herida de Tarik, pero él no se inmutó por el dolor. Después, en un acto que me pareció ceremonioso, vi cómo le acercó el dedo cercenado al ave. Este por su parte giró media vuelta el cuello y se quitó una pluma con el pico, luego tomó la ofrenda de Tarik con sus patas y emprendió el vuelo de vuelta a la calle. Sentí náuseas y empecé a pensar que aquello se trataba de un sueño. Sin embargo, Tarik recogió la pluma del suelo, la levantó con la mano sana y me la ofreció diciendo: “El destino no se ha presentado para ejecutar mi condena, tan solo ha venido a recaudar tributo”.
Escucho que tocan en mi consultorio. “Siga”, anuncio sin despegar mi vista de la pluma. Luego una mano con cuatro dedos me saluda. “Toc, Toc, ¿Quieres ir a almorzar?”

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