El Jaguar, aquel que depreda, huía de sus cazadores. Se movía con sigilo por la selva dejando tras de sí un rastro de pavor. Estaba exhausto. Su cuerpo le pedía a gritos un descanso, sin embargo sabía que no podía parar. El estruendo de las ráfagas de fusil se fundía con los truenos que resonaban en el cielo nocturno. Sus perseguidores estaban cada vez más cerca. Conocía bien la selva, así que pensó en buscar un escondite, mimetizarse con la hierba o enterrarse en la tierra. Era un jaguar pequeño y tenía algo que lo hacía especial: no andaba a cuatro patas sino sobre dos pies.
Mientras corría se topó con un riachuelo el cual conocía muy bien. Por lo general no era muy profundo, pero las lluvias lo habían hecho crecer. Se zambulló lentamente y se alegró al ver que el nivel del agua era suficiente para hacerlo desaparecer. Al fin y al cabo, a la edad de diez años no era tan alto como se imaginaba.
De repente, un halcón negro irrumpió en el firmamento y al parecer había venido en busca de él. Este cazador también era especial: no batía las alas pues volaba con aspas y de su cuerpo metálico se desprendía un haz de luz que buscaba sobre la tierra rastros de su presa. El Jaguar tomó aire y se sumergió. Anduvo varios metros con la panza rozando el lecho del río hasta que se alejó del ojo delator del halcón y al igual que una rana saltó fuera del agua. Ya en la superficie se pudo sentir tranquilo. Parecía que se había escabullido de sus perseguidores. Se limpió el lodo del rostro y con las manos empezó a tantear su cuerpo en busca de alguna herida importante. Allí donde encontró sangre se lamió.
Al cabo de un rato, la selva se hallaba en un completo silencio. Fue ahí cuando el Jaguar tuvo la oportunidad de considerar como toda su vida había cambiado, hacía tan solo quince minutos, allá lejos en el campamento. Recordó que se encontraba discutiendo con dos amigos, de la misma edad, respecto a su nombre de guerra. No le gustaba que le dijeran “Jaguar”. Se sentía orgulloso de su nombre, Jackson, como el futbolista Chocoano, al igual que Él. Sin embargo allí estaban prohibidos los nombres de verdad. “Jaguar” no estaba mal, pero hubiera preferido “Pantera Negra”, como el superhéroe.
—Créeme compa, “Pantera Negra” es mejor. Además mirá, mi piel también es negra —dijo el Jaguar.
—No jodás Jackson, que aquí todos somos negros como vos —dijo el Tucán.
Luego, todos los chicos que estaban cenando alrededor del fuego estallaron en risas. Casi al mismo tiempo también estallaron las bombas.
Las explosiones fueron varias y muy rápidas. No le dieron oportunidad a nadie para reaccionar. Brazos, piernas y torsos salieron a volar. El Jaguar se tiró al piso, por puro instinto. Al ver que seguía entero se levantó y fue en busca de su fusil. Cuando tuvo el arma entre sus manos disparó en todas direcciones, también por puro instinto. Sus descargas pronto encontraron respuesta y varias ráfagas se pudieron escuchar viniendo desde lo profundo de la selva. Al verse rodeado soltó el arma —una falta grave— y emprendió la huida.
Ahora, cuando creyó encontrarse solo, habiendo eludido a sus atacantes, se permitió otra falta grave: llorar. Sus lágrimas se entrelazaron con la lluvia. ¿A dónde iría? No conocía otro lugar que no fuera con la guerrilla. Fue gestado y parido en medio de la guerra. La misma guerra que le había arrebatado a sus padres antes de siquiera poder conocerlos bien. Su familia era su escuadra y los comandantes, algo así como tíos.
Más grave que llorar, era sollozar, eso generaba mucho ruido. Pero no le importó y dejó escapar algunos quejidos. No se sentía como un Jaguar sino como un jaguarcito. No alcanzaba a comprender cómo el enemigo podía haber bombardeado a una manada de cachorros.
Clic. El Jaguar se había descuidado y fue detectado. Sintió el frío del cañón sobre la nuca. Clic. El seguro del rifle había sido removido. Una figura alta y camuflada surgió de la espesura.
—¡Quédate quieto culicagao! —dijo el soldado.
El jaguarcito levantó las manos y empezó a llorar. En ese momento una sombra cayó como un rayo desde la rama de un árbol y derribó al soldado, el cual no tuvo oportunidad de reaccionar. Bajo la luz de la luna unas manchas en forma de rosa revelaron la identidad de aquel salvador: Un jaguar. El original.
Jackson, paralizado, pudo ver cómo el hombre luchaba por quitarse de encima al animal, hasta que este le desgarró el cuello con las fauces. Lamentablemente, antes de expirar, el hombre accionó el gatillo y una de las balas impactó en un brazo al chico.
El dolor le invadió el cuerpo, sin embargo unos disparos cercanos le inundaron de adrenalina y se dispuso a huir. Cuando se levantó, jaguar y “jaguarcito” se vieron de frente sin saber qué hacer. El jaguar tomó la delantera y con la mirada pareció indicarle que lo siguiera.
De esta manera, el niño de la guerra y el rey de la selva chocoana anduvieron juntos un buen rato hasta que el chico pareció desfallecer. Había perdido mucha sangre. Se esforzó por mantener el ritmo apoyándose en los árboles e intentó no perder de vista a su guía. Ambos recorrieron la selva hasta que se encontraron fuera de la misma. Jackson reconoció una carretera y luego avanzaron hasta la entrada de un pueblo. Allí el chico se giró para despedirse de su acompañante. “Adiós Vorpalino”, le dijo y se desmayó. A partir de ese momento todo se volvió oscuro aunque podía oír.
Oyó una marcha de pies que se acercaban. Eran soldados. Intentó despertar, pero fue en vano. Súbitamente, escuchó unas voces tras de sí que gritaron: “¡No señores!, ¡Se van con sus armas de aquí!, ¡Este niño está herido y hay que curarlo! ¡Somos la Comunidad de Paz de Curbaradó!”.

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