—¡Piedad! — suplicó el soldado español. —¿Que hacen ustedes tan lejos de Santa Marta? —le preguntó Kali en castellano mientras lo sujetaba del cabello—¡Habla! ¿Dónde está Rodrigo de Bastidas? —¡Jamás! — Le respondió. A pesar de la oscuridad de la noche logró detallar a sus captoras. Ambas vestían con una tela larga y blanca que les cubría el pecho y las piernas, su piel era morena, usaban narigueras de oro y tenían el cabello negro y largo. La más alta cargaba un arco corto y se había apropiado de su espada. Al ver que su prisionero no cooperaba, Kali acerco la punta de su cayado al pecho del hombre, el cual empezó a sentir que se ahogaba. Ante la sensación de asfixia el capturado habló: —Llegamos aquí en busca de una cueva oculta en la sierra, más allá de Teyuna, la tumba de Tormmok— dijo con esfuerzo. Luego se desmayó. —Atema, hay que moverse—indicó Kali— Si cortamos camino por la selva podremos alcanzarlos antes de que amanezca. Las mujeres empezaron a ascender por entre la densa selva como una pareja de jaguares en busca de presa. Kali se sentía a salvo con Atema a su espalda, no obstante, no dejaba de pensar en el castigo que recibirían por asumir roles que no le estaban permitidos a las mujeres Taironas. Ni ella podía oficiar como nuakuibi o aprendiz espiritual, ni a su compañera se le tenía permitido ser guerrera. Sin embargo, allí estaban, en una misión secreta tras la caza del conquistador que trajo la guerra a su territorio. Cuando lograron divisar algunas de las edificaciones de Teyuna, Kali sintió que algo no estaba bien. Empezó a caminar más y más lento hasta que finalmente desfalleció. Atema notablemente preocupada fue en su ayuda e intentó reanimarla hasta que lo logró. —Gracias, tal vez ha sido el cambio de clima mientras ascendíamos —dijo Kali volviendo en sí, tratando en vano de disuadir la eventual curiosidad de su compañera. Eran varios los secretos que le ocultaba y la razón de aquellos quebrantos no sería una excepción—. Que nuestra madre Gauteovan te proteja. Debemos continuar—Le indicó mientras se incorporaba. Luego limpió gentilmente las lágrimas de Atema, la cual quedó atónita cuando Kali junto sus labios con los suyos, en un beso que la guerrera deseo fuera eterno. Después de su paso por la ciudad antigua no fue difícil dar con el rastro del conquistador pues las huellas de caballo delataron la ruta que habían seguido. Pese a saber de la existencia de la cueva, ningún Naoma o sacerdote conocía realmente su ubicación. Por tal razón le resultaba extraño a Kali que Rodrigo supiera el camino. Era seguro que estaba siendo guiado por alguien más. Llegaron eventualmente a unas antiguas ruinas en la falda de un monte. Una espesa vegetación había ocultado la entrada a la cueva por mucho tiempo hasta ahora. Al llegar al umbral de la cueva Kali identificó unas inscripciones en la piedra y en un acto solemne de mediación con el mundo espiritual de Aluna, dijo: “Solicitamos a Tormmok, el espíritu del murciélago, nos permita acceder a su morada”. Luego de eso se adentraron por una gruta que descendía por las entrañas de la montaña. Se detuvieron al escuchar voces provenientes de una sala cercana. Los intrusos portaban antorchas, lo cual les permitió identificar a Rodrigo y a otros dos hombres, al parecer nativos. —Si la cura que me ofrecen funciona, les prometo que solo tomaré esclavos de los Taironas, y a ustedes los Gairas les dejaré en paz. — dijo el español. Uno de los hombres asintió y a continuación le indico a Rodrigo que se arrodillara para invocar al gran espíritu. Luego de pronunciar unas palabras procedió a apuñalar al otro nativo que le acompañaba, el cual murió instantáneamente. De repente del interior del cuerpo de este último, empezaron a abrirse paso de entre la carne lo que parecían ser extremidades. Primero un brazo, luego una pierna y al final la figura entera de un hombre muy alto se presentó ante ellos. Su piel era muy blanca y pálida, no poseía ojos y en vez de nariz tenía un hocico como de cerdo. — ¡Gran Tormmok, te he ofrecido un sacrificio!¡Te suplico me otorgues una cura para la enfermad que me aqueja! — le suplicó el conquistador. La bestia camino hacia Rodrigo, le quito el casco que llevaba y al interior del mismo empezó a vomitar. Luego le ofreció de vuelta el líquido. Aquella era su cura. Justo cuando Rodrigo se disponía a beber del elixir una flecha atravesó el aire, fallando por muy poco de su objetivo. Así, Kali y Atema irrumpieron en la sala buscando capturar al español. Ambas ignoraron la ira del espíritu, el cual embistió contra ellas ofendido por la intromisión. Kali intentó detener el ataque por medio de un canto sagrado pero su poder parecía nos ser suficiente. Mientras tanto, Rodrigo aprovecho para intentar escapar, pero fue interceptado por la espada de Kali. El español demostró su ímpetu en un improvisado duelo de esgrima donde habría resultado perdedor si Atema no se hubiera distraído al ver a Kali arrinconada por la bestia blanca. Fue más el afán por proteger a Kali que el odio por el conquistador, así que le dejo ir. Corrió en embestida justo cuando la bestia abría las fauces en torno al cuello de la sacerdotisa. Sorpresivamente al último momento Tormmok desistió y retrocedió horrorizado. — ¡Sabes que no puedo tocar a una vida que está por venir!¡Sal de mis dominios hechicera encinta! — Le gritó encolerizado. Luego se desvaneció. Un silencio incomodo inundó la cueva. Kali y Atema se miraron a los ojos sin pronunciar palabra. A lo lejos se escuchaba el galopar de un caballo que se alejaba. Finalmente, Kali rompió en llanto mientras su amiga le rodeo en un tibio abrazo. — No hay por que lamentarse, por ahora debemos prepararnos para la guerra— dijo Atema — ¡Tu no entiendes! ¡El padre de mi hijo es español!

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